Según el gobierno, en 2024 había 189,000 familias y 350,000 personas solas vulnerables que se beneficiaban de programas sociales en una isla de 9.7 millones de habitantes.
William Abel muestra el contenido de una bolsa plástica que acaba de encontrar en un basurero en La Habana y que será su comida: un poco de arroz con verduras y un hueso roído de pollo. Decenas de moscas también compiten por esa comida.
Este cubano de 62 años duerme en la calle desde el derrumbe de su casa en las afueras de la capital. “La comida es lo más difícil. Llevo dos años buscando en la basura algo que comer”, cuenta con dificultad por la falta de dientes.
Bajo su camiseta sucia, se distingue un cuerpo delgado y huesudo. Asegura sufrir de artritis, hipertensión y problemas hepáticos, y admite que solía beber bastante.
La mendicidad “siempre existió” en Cuba, afirma William, pero “ahora hay más que nunca”.
En julio, la ministra de Trabajo y Seguridad Social, Marta Elena Feitó, renunció tras causar indignación al afirmar que en Cuba no hay mendigos, sino personas “disfrazadas de mendigos”, y criticar a los limpiaparabrisas callejeros por buscarse “la vida fácil”.
Cuba, orgullosa de su modelo social igualitario, logró durante años reducir la pobreza mediante servicios de salud gratuitos y la distribución de alimentos subvencionados. Sin embargo, la crisis económica que afecta a la isla desde hace cuatro años ha limitado al Estado para sostener esos programas.
Las causas de la crisis incluyen debilidades estructurales del modelo económico, una fallida reforma monetaria y el endurecimiento de las sanciones estadounidenses.
Como resultado, y con un alza del 470 % en el precio de los alimentos entre 2018 y 2023, muchos cubanos han caído en una precariedad extrema, y algunos en la indigencia.
Juan de la Cruz, de 63 años, comenzó a pedir limosna hace dos semanas. Sin una pierna, amputada por diabetes en 2021, se sienta bajo un portal en Centro Habana con un cartel que dice: “Por favor, algo para comer”.
“Lo que me dan del Bienestar Social no me alcanza”, explica. Recibe 1,092 pesos mensuales de pensión (menos de tres dólares en el mercado informal), lo que ni siquiera le permite comprar un kilo de pollo. Se queja de que el comedor comunitario sirve comida sin aceite ni manteca.
Excamillero y alejado de su familia, aún tiene un techo: “El cuartico mío es chiquitico, pero está vacío, vacío, vacío”.
Las autoridades evitan hablar de “pobres” y usan términos como “vulnerables” o “deambulantes”. No existen estadísticas oficiales sobre la pobreza, pero esta ya es visible en las calles de La Habana.
El presidente Miguel Díaz-Canel reaccionó al escándalo diciendo que los mendigos son “expresiones concretas de las desigualdades sociales”. El primer ministro, Manuel Marrero Cruz, admitió que hay un “problema real”.
La socióloga Mayra Espina Prieto estimó recientemente que entre el 40 % y el 45 % de los cubanos viven en pobreza de ingresos. Además, Unicef señala que el 9 % de los niños sufre pobreza alimentaria.
Arnaldo Victores, ciego y de 65 años, duerme sobre bolsas plásticas en un garaje de moto. Al no tener dirección oficial, no puede acceder a ayudas sociales. Cada día regresa al centro de La Habana a pedir limosna.
Su sueño es simple: “Yo lo que quiero es un cuartico y un baño”, dice sin poder ver el nuevo hotel estatal de 42 pisos frente a él, el más alto de la ciudad, criticado por muchos en medio de la crisis social.




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