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Nepal y China: cuando la naturaleza deja de ser una advertencia y se convierte en evidencia del cambio climático

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septiembre 28, 2026
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Las imponentes cumbres del Himalaya, que se extienden por la frontera entre Nepal y China, han sido testigos recientes de una serie de tragedias que resuenan con una pregunta ineludible: ¿hasta cuándo los gobiernos del mundo seguirán tratando el cambio climático como una mera discusión política, en lugar de reconocerlo como un problema científico, económico y, fundamentalmente, humano? Los eventos catastróficos en esta región han puesto de manifiesto la urgencia de una acción concertada y basada en la evidencia científica.

En un suceso particularmente devastador, el colapso de una vasta masa de roca y hielo en la zona fronteriza entre Nepal y China desencadenó una extraordinaria cadena de acontecimientos. Una avalancha inicial de roca y hielo se transformó rápidamente en un torrente de escombros, para luego convertirse en una inundación devastadora que recorrió cientos de kilómetros, dejando a su paso una estela de destrucción. Un análisis preliminar de World Weather Attribution, una iniciativa científica global, señaló que más de 1,300 personas habían perdido la vida para mediados de septiembre, con miles más reportadas como desaparecidas. Este estudio, además, advierte que el rápido calentamiento del Himalaya podría incrementar significativamente la probabilidad y severidad de este tipo de peligros, aunque sus autores enfatizan que este desastre específico no puede atribuirse exclusivamente al cambio climático provocado por la actividad humana. La precisión científica es crucial en este contexto.

Es fundamental comprender que el cambio climático no implica que cada inundación, deslizamiento de tierra o avalancha sea causado directamente por él. Los desastres naturales son fenómenos complejos con múltiples factores contribuyentes. Sin embargo, la ciencia sí demuestra de manera contundente que el calentamiento global está alterando las condiciones físicas que favorecen la ocurrencia de determinados fenómenos extremos. El Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC), la principal autoridad científica en la materia, concluye que el cambio climático es inequívocamente causado por la actividad humana. La frecuencia e intensidad de las precipitaciones extremas han aumentado en diversas zonas terrestres, y existe una evidencia sólida de la influencia humana en esta tendencia.

La Organización Meteorológica Mundial (OMM) ofrece un panorama aún más contundente. Su informe sobre el estado del clima mundial de 2025 confirma que el periodo 2015-2025 ha sido el más cálido registrado en la historia, mientras que el calentamiento de los océanos y el derretimiento de los glaciares continúan a un ritmo alarmante. La OMM advierte que los fenómenos extremos resultantes están provocando daños humanos y económicos cada vez mayores, afectando la estabilidad de regiones enteras y la vida de millones de personas.

El caso de Nepal es especialmente significativo, ya que el Himalaya es una de las regiones más vulnerables del planeta, donde el calentamiento global puede alterar simultáneamente glaciares, nieve, permafrost, patrones de precipitación y la estabilidad de las laderas montañosas. La investigación científica publicada tras la tragedia de agosto reveló condiciones excepcionalmente cálidas antes del colapso de la masa glaciar, lo que sugiere un debilitamiento progresivo del sistema glaciar que finalmente cedió. No se trata meramente de una discusión académica; cuando una montaña pierde hielo, cuando el permafrost se degrada o cuando aumenta la proporción de precipitaciones que caen como lluvia en lugar de nieve, la estabilidad de todo el sistema montañoso se ve comprometida. El resultado puede ser una cadena de acontecimientos devastadores: calentamiento, pérdida de hielo, debilitamiento de laderas, desprendimiento de roca, avalanchas, inundaciones repentinas y la destrucción de comunidades situadas kilómetros aguas abajo.

Durante décadas, científicos de todo el mundo han documentado meticulosamente el calentamiento global provocado principalmente por las emisiones de gases de efecto invernadero derivadas de la actividad humana. Sin embargo, determinados dirigentes políticos continúan cuestionando la gravedad del fenómeno o impulsando políticas que priorizan la expansión de los combustibles fósiles. Un ejemplo documentado es el del expresidente estadounidense Donald Trump, quien en 2025, durante su intervención ante la Asamblea General de Naciones Unidas, calificó el cambio climático como “the greatest con job” (la mayor estafa) y defendió una política energética centrada en la explotación de petróleo, gas y carbón. La agencia Reuters también documentó cómo su administración impulsó medidas favorables a la producción de combustibles fósiles, desestimando las advertencias científicas.

Es crucial evitar la simplificación. No se puede afirmar científicamente que un político concreto sea directamente responsable de una inundación determinada; esa relación causal sería incorrecta. Sin embargo, sí existe una cuestión política legítima y urgente: ¿qué hacen los gobiernos frente a una evidencia científica acumulada que demuestra que las emisiones humanas están calentando el planeta y modificando los riesgos climáticos a los que se enfrentan las sociedades? También es importante evitar afirmar, sin pruebas específicas, que todos los políticos que cuestionan las políticas climáticas lo hacen por recibir dinero de patrocinadores de la industria petrolera. Si bien existen investigaciones que han documentado vínculos entre determinados legisladores estadounidenses, contribuciones de la industria de combustibles fósiles y posiciones contrarias a la acción climática, cada caso debe demostrarse individualmente con rigor.

Las montañas no tienen partido político. Los glaciares no votan. Los ríos no participan en procesos electorales. Pero las consecuencias del cambio climático terminan afectando decisiones profundamente políticas: la asignación de presupuestos públicos, la planificación de infraestructura, la seguridad alimentaria y agrícola, la política energética, los patrones de migración, los sistemas de seguros, la salud pública y la protección civil. Nepal lo está experimentando de manera dramática. Después de la catástrofe de agosto, el país volvió a sufrir inundaciones y deslizamientos de tierra, y según autoridades citadas por medios internacionales, siete personas permanecían desaparecidas en incidentes posteriores, lo que subraya la vulnerabilidad continua de la región.

El mensaje científico no es que la humanidad pueda impedir todos los desastres naturales, ni que cada fenómeno meteorológico extremo sea una consecuencia directa e inmediata del calentamiento global. El mensaje es otro, y quizás más incómodo: un planeta más caliente modifica fundamentalmente los riesgos a los que están expuestas las sociedades. Esto implica la existencia sobre la necesidad imperante de mejorar los sistemas de alerta temprana, realizar estudios exhaustivos de los glaciares, vigilar constantemente las montañas, adaptar las ciudades y, crucialmente, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero a nivel global. La ciencia no pide creer; pide observar, medir, comparar y actuar conforme a la evidencia irrefutable. Y mientras los debates políticos continúan, las majestuosas montañas del Himalaya siguen calentándose, alterando su equilibrio milenario.

El desafío para los gobiernos no consiste en interpretar a “la naturaleza” como si esta enviara mensajes políticos. Consiste en escuchar y actuar conforme a las advertencias de los científicos que llevan décadas midiendo sus cambios. Porque cuando el hielo se desprende de las montañas, cuando los ríos se desbordan con una furia inusitada y cuando comunidades enteras quedan sepultadas bajo toneladas de agua, roca y sedimentos, la discusión deja de ser solamente ambiental. Se convierte en una cuestión de supervivencia, de planificación pública responsable y de una ineludible responsabilidad frente a las generaciones futuras. La inacción ya no es una opción viable.

 
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