La gestión de Vladimir Putin enfrenta un desafío sin precedentes, con su índice de aprobación cayendo al 66%, el nivel más bajo desde la reforma de pensiones de 2018. Según el Fondo de Pública (FOM), este descenso del 5% en una semana refleja el impacto de la crisis de combustible y la tensión generada por la guerra en Ucrania. La escasez de gasolina, agravada por los ataques a refinerías rusas, ha generado colas en estaciones de servicio y dificultades para abastecer al país.
La situación se ha intensificado con las restricciones impuestas a internet móvil, medidas que no han logrado contener las ofensivas ucranianas sobre territorio ruso. Esta combinación de factores ha generado críticas en distintos sectores de la población, especialmente entre los ciudadanos mayores de 50 años, tradicionalmente fieles al Kremlin. La caída del apoyo al presidente recuerda el desplome del 2018, cuando el respaldo pasó del 80% al 62%, según datos históricos.
La crisis económica se manifiesta en un aumento del 10% en los precios del combustible, con el litro de gasolina superando los 100 rublos en algunas regiones. Además, el suministro de agua, electricidad e internet ha sido afectado, junto con una caída del turismo. El partido oficialista Rusia Unida también enfrenta un estancamiento en su intención de voto, según encuestas recientes.
Ante la escasez, el Gobierno ha recurrido a la importación de gasolina desde Bielorrusia y ha implementado medidas de emergencia en varias regiones. Sin embargo, expertos señalan que el problema trasciende lo económico y representa un desafío político para el Kremlin. La combinación de crisis energética, inestabilidad en el frente y descontento ciudadano pone en duda la capacidad del Gobierno para cumplir sus promesas, especialmente en un contexto de guerra prolongada.


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